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Encuentro

Tiene buen color. Habrá estado navegando en uno de esos barquitos de sus amigos, hacia Punta del Este. Después escribe de eso. De regatas. Es lo que más le gusta hacer. Eso y salir con chicas.

Antes de sentarse a la mesa saludó a unos treintañeros vestidos a la moda que ya almorzaban carne al horno con papas. Y todavía antes anduvo a mi lado por las veredas rotas del barrio, bajo la sombra de plátanos y paraísos, en este fresco del otoño, hablando con un periodista amigo que vive en Barcelona y que va a escribir sobre Barcelona y sobre el FC Barcelona.

Sigue a la cabeza de Premium, Sisca. Desde hace cinco años que está ahí. Ahora planea un relanzamiento porque están flojos con las ventas. Yo pienso que se jodan. Pienso que se jodan pero no se lo digo. Si yo condujera una revista con mis banderas y me fuera mal él también celebraría. Mis banderas no son tus banderas, Sisca. Él sabe que mis banderas no son sus banderas. Qué buenos amigos que somos. Cómo nos queremos. Qué linda es Buenos Aires y qué lindos somos los porteños cultores de la amistad. Qué sería de vos, Buenos Aires querido, sin la amistad de tus paisanos.

La empleada del bar es morocha, tiene los ojos negros, el pelo atado por detrás, la remera blanca le aprieta, el pantalón negro le aprieta. Le sirve a Sisca riñoncitos con arroz. A mí me dan asco ese tipo de comidas. Pollo con puré pido.

—Un pollo con puré para mí.

Cinco años atrás yo esperaba la llegada de mi tercer hijo y hacía cálculos, proyectaba las cuentas por cobrar y las deudas para establecer en qué mes se venía la debacle. Trabajaba en un estudio jurídico, el Estudio Antúnez, Antúnez era amigo de mi mamá pero eso para mi mujer no era trabajar, era estar becado. Además, es verdad, no era dinero suficiente. Entonces me lo crucé a Sisca recién llegado del Reino Unido, y Sisca me habló por primera vez de Premium, de la posibilidad de hacer notas para Premium como una alternativa cierta. No funcionó.

Hoy tengo cuatro pibes y gasto de nuevo la calculadora para saber cómo será el futuro inmediato de mi familia; recurro de nuevo a Sisca, a mi amigo Sisca. Es bravo. No se trata de una enfermedad que acecha, pero la falta de dinero y la escasez de trabajo torna infeliz a cualquier cristiano como yo que se puso a procrear confiado en la Providencia. La felicidad del buen cristiano se destiñe cuando las cuestiones económicas no pueden ser desdeñadas. Mi mujer y yo nos peleamos. Mi hija se come las uñas. A mi hijo el mayor le está yendo para la mierda en el colegio, y eso que es un pibe que tiene una capacidad increíble. Y el otro que va al jardín zafa un poco más, como el menor, pero porque justamente es más chico y no entiende. Es una lástima, una tremenda lástima que así sea el ejemplo que les doy. Los bautizados estamos llamados, nos guste o no, a dar testimonio de nuestra felicidad en la fe, así decía el cura en misa el otro domingo, en el sermón de Pentecostés. Y mi testimonio es patético. Patético. Puertas afuera y puertas adentro.

“Querido diario dos puntos” debería llamarse esto.

“De qué te reís, Sisca”, también podría llamarse, porque yo sé que Sisca, de leer esto, se reiría. Se reiría entre desdeñoso y fastidiado. “De qué te reís, la reputísima madre que te remil parió.”

Cinco años atrás también me puse a escribir algo muy parecido a esto tras un encuentro muy parecido a éste, falta de originalidad que le llaman, vida reiterativa que le dicen. ¿Pero por qué no se van todos un poco a cagar? Acá está de nuevo el llorón escribiendo sus cuentitos. OK, sí. ¿Les molesta? ¿Te molesta? ¿Qué me mirás? ¿Tan raro soy a tus ojos? ¿Y vos? ¿Qué sos vos? ¿Un iluminado sos? ¿Qué te jode? ¿Mi catolicismo frustrado de familia numerosa te jode? ¿Mi candor de muchacho católico que no encontró el éxito que otros sí? Ya lo sé, ya lo sé, no es necesario que nos hablemos en esos términos. Somos amigos, podemos ser amigos, ¿no? Además, ni que yo fuera el testimonio vivo de la fe. Ni que yo fuera eso. ¿Qué te alegra, entonces, y qué te fastidia? ¿Mi derrota, que estoy perdiendo tras haber confiado en la Providencia? ¿Qué otra alternativa tenía? ¿Vos te pensás que si me hacía como vos me iba a ir mejor? ¿Sin contactos, sin apellidos conocidos, sin sangre patricia? Ma sí, hacé lo que quieras, mirá todo este resentimiento, miralo y perdoname, yo no era así, yo no era así, de verdad, yo era bueno, era un hombre bueno. El Verbo se hizo Carne, y el demonio se hizo dinero, eso pasa, y yo últimamente invoco más al demonio que al Di-s vivo, necesito a ese demonio de papel, joder que sí, joder que sí. Crío telarañas en esa desesperación, en esa sed irreal de tener dinero para poder seguir adelante, tenés un muy bien diez felicitado por tu superación personal, por mirarme desde esas alturas. Perdoname. Perdoname. No quiero pensar así, no quiero tenerte tanta bronca, ¿pero vos qué sabés lo que es vivir sin un trabajo estable? ¿Vos qué sabés lo que es tener muchos hijos y tener que contar con dinero para esos hijos? ¿Me tengo que joder porque los tuve? ¿Me tengo que joder porque creí en la Providencia? ¿Eso es todo?

OK, OK, OK. Mi vida es una canción folclórica. Estrofa, estrofa, estribillo. Estrofa, estrofa, estribillo. No de rock, folclórica. Tiene ese ritmo. Ritmo de malambo, tiene. Y rimas previsibles. Nada vendedor, OK, OK, OK. Nada ultra moderno. Si mi vida fuera una mujer sería una señora gorda de pollera hasta los tobillos. Está bien, no tengo problema con eso. Pero mi vida, te guste o no te guste, también te tiene a vos, así que hacete cargo, la puta que te parió, te tiene a vos, parte del estribillo sos vos desde hace rato. Vos desde hace más de quince años de vez en vez salvándome las papas del fuego sin darte cuenta, sin del todo proponértelo. Vos tras una fiesta en un boliche, dejando a la chica que acabás de conquistar para darme una mano porque no puedo de tanto alcohol que tengo encima. Sertralina y alcohol es letal, letal. Vos custodiando la puerta de un baño público mientras yo vomito. Vos haciéndome conocer diversos jardines de San Isidro, distintas chicas rubias de San Isidro que hunden sus tacos altos en la tierra de esos jardines, que sonríen y bailan y vuelven a sonreír para después ya sabemos qué: el atardecer sensual de Occidente.

—Vení, loco, vení que te llevo —vos, el súper bonito.

Tratando de introducirme en tu círculo de amigos modernos e intelectualosos con un calzador así de grande. Poniéndole todavía algunas fichas a mi existencia, tratando de convencerme de las bondades de ser moderno, desdeñoso, enfriado.

Hace un tiempo escribí un cuento sobre nosotros, otro cuento más, otro distinto. Vos sos como sos pero más guapo, y te hago pasar por puto. Yo soy tu amigo con problemas de erección que secretamente se te enamora. Lo tengo guardado en la máquina a ese cuento. Te enfadaría leerlo, creo.

Sisca tiene una campera de cuero negro, tiene una camisa ceñida, tiene un pantalón moderno, con cuadraditos, medio amarronado. Y el pelo lo lleva un poco crecido. Avanza con sus riñoncitos, toma soda.

El lugar huele a bife de chorizo. La empleada morocha aprovecha los pedidos de otras mesas para otear a Sisca, me doy cuenta. Está buenísima la empleada. Hay una anciana en una de las mesas junto a la pared que llena crucigramas y que primero pidió un café, luego un café con leche y que ahora acaba de pedir un cortado, lleva una suerte de turbante violeta en la cabeza y debajo seguramente la redecilla y los ruleros. Hay esa señora solitaria y los treintañeros vestidos a la moda y una parejita joven junto a la ventana que da a Córdoba: beben cerveza bajo la luz que les llega por esa ventana; esperan una picada.

—Realmente me gusta mi novia, la estoy empezando a querer. Pero en dos meses se va a vivir a Washington, ganó una beca y no sé qué tengo que hacer —me dice Sisca—. Este año salí como con veinte mujeres. Pero esta es especial —me dice también.

—¿Y por qué no te vas con ella?

—No. No me imagino viviendo otra vez fuera del país, estoy muy instalado, y tampoco quiero arrodillarme y pedirle que se quede. No da.

—¿Pero cuánto tiempo se va?

—Dos años.

—Uf.

—Sí.

Hace más de diez años Sisca me rescató de una encerrona sentimental, esotérica. Hace más de diez años yo era joven y tenía una novia, una novia que me enfermaba la cabeza y a la que no sabía cómo dejar. Yo era el secretario de redacción de una revista sin nombre y con tirada casi inexistente, y tenía juventud y a esa novia, una novia mala, que me daba miedo y que me quitaba la felicidad y el candor del buen cristiano contándome cosas rarísimas de su vida, que su madre le rezaba a Belcebú, que su padre era amigo de ciertos tipos que te podían romper la columna vertebral. Así andaba yo, entre satánicos y mafiosos, y una tarde quedé sin diseñador y Sisca entonces me habló de una chica que andaba buscando hacer trabajos extras.

—Es muy buena, trabaja muy bien.

Y aunque yo al principio me negué, Sisca insistió, me dio el teléfono del sector de la chica.

—Llamala de parte mía, labura en el diario.

Sisca por ese tiempo trabajaba en ese diario. Hacía carrera. Era un pendejo de veintipocos que ya estaba haciendo una carrera brillante. Brillante.

Una mañana llamé al diario. No, Silvia recién llegaba después del mediodía. Di al fin con ella. Tenía una voz mucho más agradable que la de mi novia de entonces. Era más linda. Me hacía reír, me ponía contento hasta su olor a no sé qué perfume. Moderna, una chica moderna como Sisca. La tomé como diseñadora y me quitó el miedo, me devolvió por algún tiempo la alegría del buen cristiano y nada malo me pasó, el Señ-r siempre estuvo conmigo. Sisca luego fue el padrino de mi boda civil. Ahora, regresa como el galán y el súper héroe bien vestido y delgado que es desde esos años y algunos más anteriores, regresa para ver si esta vez me da la cabeza para escribir media nota para Premium, regresa para interpretar la rutina que le sale sola, como si parte de su vocación fuera estar a mi lado en momentos como éste. La rutina de Sisca: un poco del relato frío de su vida y de sus novias, otro poco de preguntas con respecto a mis días, su asombro o su escándalo frente a ciertas declaraciones mías muy editadas referidas a la política, la religión y la moral, y finalmente el intento de rescate del amigo bobo.

Me gustaría no estar pidiéndote otra vez una mano, le digo sin decir, mirándolo comer sus riñoncitos con arroz, escuchándolo. Me gustaría tener una relación más pareja con vos, por orgullo, para emparejar las cosas. Pero no puedo, no me sale. Te veo volar y agito las manos. Tu capa es roja. Quisiera arrojarte una piedra a ver si te caés. Pero volás alto, muy alto y muy bien, maldito súper héroe del carajo. Tu pecho es de acero. Tus pelotas son retráctiles, las sacás sólo cuando es necesario.

—Yo por eso mismo trataría de hablar con ella, incluso de plantearle las cosas como vos las planteás. Que no te querés ir —le digo—, pero que estás desayunando café con garrón y almorzando estos riñoncitos también con garrón.

—No hay ningún garrón —me dice.

—¿Cómo que no?

—Y no, no lo hay.

—Bueno, pero es triste que se vaya —le digo.

—No, no es triste —me dice—. Y no la quiero atosigar. No da. Y además no puedo colgar este presente por una chica con la que salgo hace un par de meses.

—Pero ella puede conocer a otro tipo.

—No me preocupa que garche con otros tipos.

—¿No?

—No. Yo también me tengo que encontrar otras chicas.

—A mí me mataría la culpa.

—Jajá.

—La culpa y la tristeza.

—Ya sé.

“Choque cultural”, también podría ser llamado esto. O algo por el estilo.

¿Puede ser que todo el mundo esté sólo preocupado por coger? ¿Alguien me puede decir quién, como yo, está más preocupado por su condición de mortal que por coger? Y no me vengan con que tal cura o con que tal fanático. NO me tomen el pelo. Váyanse a cagar si me quieren tomar el pelo. Ya los mandé antes, los vuelvo a mandar por si no se dieron cuenta.

(No, no, le voy a decir a Sisca si Sisca se da cuenta. Ese cuentito “Encuentro”, que además no está tan bueno, es todo mentira, es un personaje en primera persona, nada más. No te creas que soy yo. Yo no soy así. Es un personaje. Y vos no sos vos, tampoco. Es una deformación de la realidad. Por favor, no te ofendas, posta que te digo la verdad. Y ¡tibio, cagón!, me voy a gritar si todo esto pasa. ¡Maricón, qué andás camuflándote, por qué no enfrentás tu humana condición! ¿Por qué no te asumís? ¿Por qué? No escribís cuentitos, hacés catarsis, hacés confesiones públicas, eso es lo que hacés. ¿Está bien hacer públicas las confesiones? ¿Y el secreto de confesión? ¿Por qué no te decidís por un camino y lo caminás?, me voy a preguntar y preguntar si Sisca se da cuenta, si Sisca me lee, si todavía vuelvo a tener otro encuentro con él. Necesito con urgencia un confesor de mis miserias. Necesito con urgencia volver a los confesionarios, adquirir aunque sea por unas horas la gracia santificante.)

La señora de los crucigramas continúa con sus crucigramas. La parejita joven se mandó mudar a medio comer la picada. Los treintañeros se ríen a las carcajadas de algo que no logré atender: son risas molestas, sobradoras, no esa especie brutal de las clases bajas tras un comentario obsceno, sino un jijijí progresista y ateo que exaspera, que podría referirse a mí. La empleada descansa apoyada en la barra, a mi espalda.

—¿Vos sabías que Obama y Bush son medio parientes? Ese podría ser el tema de una nota, pienso —le digo a Sisca.

—¿De dónde lo sacaste?

—De internet. Pero el dato es cierto.

—No sé…

—O si no hablar de los años que se cumplen desde que el hombre llegó a la luna —le digo también y me freno para no confesarle que soy decididamente un nerd que no cree en esos cuentos, o que le cuesta creerlos. Él igual me impulsa a que siga pensando posibilidades, lo del hombre en la luna y los aniversarios es algo trillado, me dice con toda la razón del mundo; mientras tanto, vuelve hacia atrás y me nombra otra vez a la novia.

—Es curioso. Al principio nos veíamos dos, tres veces por semana. Después fueron todos los días. Ahora vamos a estar juntos todo el fin de semana. Y ella hasta me invitó al casamiento de un familiar. No voy todos los días a un evento de ese tipo con una chica.

Yo pienso que ya nadie piensa en la castidad, pienso en la masonería como una explicación de la Argentina, pienso en Ballard y Crash y los accidentes en las rutas de la patria, pero nada parece corresponderse con Premium, es una revista difícil de hacer, es todo mérito de Sisca esa revista de mierda para gente rica. Ninguno de esos son temas para Premium ni lo son para la gente rica. La gente rica se ríe de janeiro de la castidad y su ocaso. Prefiere no hablar de la masonería. Y sus autos superan los doscientos treinta kilómetros por hora, compran esos autos y las automotrices publicitan en Premium. ¿Qué estoy? ¿Loco estoy?

—¿Y algo de ficción? —le pregunto—. Chateo con unos mexicanos que son buenísimos. Tienen una revista. Te podría conseguir unos textos. Esos mexicanos conocen a otros mexicanos, a un guatemalteco conocen…

—No, no, ficción no. Lo pensamos pero no.

—¿Quiénes?

—¿Quiénes qué?

—¿Quiénes pensaron que no?

—En la redacción.

—Ah.

—Porque no es una revista de literatura.

—Claro.

—Y las revistas de literatura acá no existen.

—Claro.

—¿Vos seguís escribiendo?

—Sí, a veces.

—¿Y qué estás escribiendo ahora?

—Ahora nada.

—Te tendrías que meter un poco en el ambiente.

—No conozco a nadie.

—Yo te puedo presentar gente.

—Sí, qué sé yo.

—No seas boludo, en serio.

—Sí.

—Te podés hacer amigo de alguno y bueno, entre amigos siempre se ayudan.

—Es que hacerme amigo de alguien para otra cosa es medio raro.

—Pero no tiene nada de malo.

Y tiene su buena parte de verdad. Puedo putear al utilitarismo pero tiene su parte de verdad. Me dice sin decirme ¿y qué hacés acá, gil, sentado a mi mesa, si no es buscar que te tire unos mangos a cambio de una nota? Tiene lógica Sisca. Su vida tiene lógica. Ahí está la principal diferencia entre él y yo. Él es fiel a sus principios, no importa cuáles son. Por eso es un súper héroe. Yo no soy fiel a mis principios, me gana enseguida el bajón, el resentimiento, así nunca voy a terminar en un altar. Ahí tienen ustedes la gran diferencia entre Sisca y yo. Él es El Bien. Y a mí no me da ni para ser El Mal. O viceversa.

Los treintañeros de la mesa vecina se levantan, saludan a Sisca sin mucho acercarse.

—Chau loco. Chau, nos vemos —dicen.

Sisca deja sus riñoncitos con arroz, se levanta, también saluda, les da algunas indicaciones, indicaciones de trabajo, que tal nota la quiere así, con muchos recuadros, no texto corrido. Que quiere que sigan insistiendo con una actriz, que la quiere poner en tapa a esa actriz, medio en bolas, dice. Que no se preocupen con no sé quién, que después él hablará con no sé quién. Es alto, Sisca, alto y delgado. Gesticula con sus brazos también delgados, sus brazos me recuerdan las patas de los flamencos. Luego vuelve a su lugar y me pregunta por los chicos, por mi mujer, por lo que estoy haciendo para llevar dinero a mi casa. Los riñoncitos de Sisca dentro de la panza enjuta de Sisca. Mi pollo con puré ahí, a medio terminar.

—Todos bien —le digo—, pero está faltando trabajo, sí —le digo—, más que nada eso —le digo—. Trabajo. Por eso me interesa pegar una nota. No soy bueno para pensar notas, pero quiero pegar una nota, no sé, activar la rueda…

Miro a Sisca masticar sus riñoncitos. Él me estuvo prestando atención. Todo huele a bife de chorizo, hasta mi pollo. Pero mis intenciones de explayarme un poco más, de pedirle resueltamente una mano porque me hundo, todo eso se me atasca en las carótidas y es el orgullo y es la soberbia y es todo mi resentimiento y son todos mis peores pecados los que me frenan, y en lugar de eso los mecanismos de defensa de mi cerebro lo recuerdan a Sisca llorando por una chica en una fiesta, como quince años atrás.

—¿Te acordás de Luz? —le digo.

—¿Luz?

Sí, ahí en los años noventa también está enamorado Sisca. Ahí también, Sisca, no te hagás. Tuviste muchas mujeres pero de esa seguro estás enamorado. También yo. Es buena. Es rubia. Es de esas chicas católicas que son lindas y buenas y que causan espasmos terribles en los que nos hacemos los rebeldes en los noventa escuchando Nirvana. La única diferencia entre Sisca y yo es que él igual, por más celestial que sea la chica, quiere conquistarla y llevársela de la fiesta. A un telo. Yo no. Yo la quiero para que me hable de Di-s, para que me calme. En esa fiesta que Sisca llora me acuerdo primero que Sisca se le declara a la chica y que ella le dice que no con una suavidad inaudita, con una comprensión horrible, acariciándole los hombros, los brazos, como quitándole el frío. Y Sisca entonces no puede soportar tanta lástima y tanto público mirando la escena y se larga a llorar, ahí mismo. Termina siendo un conocido común a mí y a Sisca el que aprovecha, un conocido común que tiene su amor de verano con la chica. Un romance puro, virginal, de esos que ya casi no existen.

—Perussi —dice Sisca y se ríe seguramente para espantar el rastro de vergüenza que le dejó aquel llanto, aquel llanto que un tipo como Sisca, que un Supermán no se puede permitir.

—¿Eh? —le pregunto.

—Se apellidaba Perussi el pibe, me acuerdo. Un forro.

Sisca está muy triste por ese tiempo. También yo. Pero Sisca no sabe que yo estoy tanto o más triste que él por esa chica. Tampoco sabe que esa chica me llama una noche tras su romance veraniego, que la llevo a una pizzería, que le respondo que no estoy triste por ella, que no me moleste. Otra vez el orgullo apoderándose de mí. Otra vez como esa canción de Cobain que habla de perder y disimular.

Lo miro a Sisca en los noventa y ahora. Soy este tarado que escribe estas cosas para que le tengan lástima, rabia o algo. Soy este idiota que se expone a que Sisca se ofenda si llega a darse cuenta de que ése que se llama Sisca es él. Perdoname. Nada de todo esto es cierto, pero debo ser sincero, eso es lo que pasa, la historia lo exige, la ficción exige cierta sinceridad del personaje. Estoy desvelado, si no escribo esto no le doy algún orden a la preocupación.

—Voy al baño, me estoy meando —le digo.

—Bueno —me dice.

A mi vuelta, pedimos un par de cafés. La empleada morocha nos sirve y mira fijamente a mi amigo Sisca que ha vuelto a su telefonito. Habla en inglés. Yes, no, yes, no. Habla en inglés y no le entiendo un pito. I am a boy. You are a girl. This is a pencil. A veces pienso que de haber aprendido bien inglés como él hoy mi vida laboral sería un poco mejor. No hablar ni entender el inglés bien me parece a veces una de las causas fundamentales de estas derrotas cíclicas con el trabajo, de esta desazón que me torna menos cristiano, menos cristiana y testimonialmente feliz. Vos no me entendés, Sisca, porque te chupa un huevo ser cristiano, tenés súper poderes y te conformás con eso, pero yo quiero ser El Buen Samaritano, tu archienemigo, y no me sale, no me sale, Sisca. Hago el intento una y otra y otra vez y primero lo que me viene es la pesadumbre, la rabia, la bronca por no saber cómo hacer para tener un ingreso previsible. Frustrarte laboralmente no es algo bueno, y a mí no me hace buena gente, me enrieda, me pierde. ¡Y además me voy a morir! ¡Todos nos vamos a morir! ¡Necesito mi sertralina, mi clonazepam, mi carbomazepina, mi paroxetina, mi colección histórica de pastillas necesito! ¡Todos nos vamos a morir! ¡Es de noche y yo acá estoy escribiendo estas cosas porque nos vamos a morir! ¡Es injusto, es injusto estar así de asustado cuando en Afganistán un chico encontró hoy a su padre muerto! ¡Es injusto sufrir estos trastornos cuando ayer que llovió toda una familia se mojó en la casilla donde vive! ¡Está mal! ¡Estoy mal! ¡Estás muy mal!, mi voz dice, me dice. Y no le pregunto a Sisca luego con quién estuvo hablando. No lo hago nomás para no soslayar sus preguntas acerca de mi familia, aquellas preguntas que quedaron a la espera de algún detalle mayor. Le cuento un poco más de mis hijos. Le cuento que me compré hace un año, cuando estaba un poco mejor, una camioneta coreana vieja para llevar a los pibes a pasear. Le cuento que Silvita tiene algo de trabajo, pero sólo algo, porque también le bajó a ella el trabajo.

—Dice que hay que esperar a que pasen las elecciones —le digo.

—¿Quién?

—Ella, mi mujer.

—Y…

—Sí, qué sé yo —le digo.

Y le cuento más de los chicos. Que al mayor le estoy leyendo la Odisea. Que él se sabe mejor que yo cuál es el derrotero de Ulises y cuántos los cuernos que le metió a Penélope.

—Un genio ese chico.

—Sí, pero con los deportes es un negado…

—Sale a vos —se ríe Sisca.

—Por los deportes sí —le digo y él se ríe más.

—¿Y piensan tener otro?

—Si por mí fuera. Pero el sistema te castiga, ¿no?

—¿Pero te cuidás?

—Uso mi método demencial. Y tengo muchas poluciones nocturnas —le digo a propósito. Sisca se ríe todavía más. Pero no te estoy hablando en broma, no te estoy tomando el pelo.

Le cuento, le cuento, le cuento cosas sin importancia. Mis contadas colaboraciones para una revista de una cámara empresaria, mis otras notas para una revista de artes marciales que nadie conoce, la edición de un par de libros de negocios.

Negocie con éxito, Tableros de control y finanzas.

—Jajá.

—El infierno.

—Bueno, por lo menos te estás moviendo mucho, loco. Eso es lo importante.

—Y sí… No me quejo por eso. Quiero más libros de negocios.

—¿Y te dan?

—No, ahora no. Desde hace tres meses no me cae nada nuevo y yo mando mails y después me digo qué estoy haciendo, me siento un boludo preguntando cada quince días si tienen otro libro para editar. No me contestan los mails. No sé qué les pasa. No me los contestan.

—Mala leche.

—Sí, qué sé yo. El país está parado. Y esos tipos de negocios también deben estar haciendo recorte de gastos. En lo primero en que se recortan gastos es en esas cosas, ¿no?

—Y, digamos que no vendés pan.

—Definitivamente no vendo pan. Por eso quisiera pegar un volantazo, también. Dedicarme a otra cosa. Pero soy un inútil. No sé ni cambiar un enchufe.

La empleada nos trae los cafés. Sisca le pide la cuenta. La empleada nos trae la cuenta. Se la trae a Sisca.

—Bueno, pensá, pensá que algo se te tiene que ocurrir.

—¿De qué?

—Para una nota o para pegar ese volantazo.

—Sí. Tengo que pensar, qué sé yo. Pensar. Vendo el auto y pongo un kiosco.

—No es tan fácil poner un kiosco.

—Ya sé, es un decir. No sé muy bien qué hacer.

Usá tus superpoderes conmigo, cabrón. Encontrame un lugar en la editorial de Premium, le digo pero no le digo. Soberbio, soberbio de mierda que soy.

(¿Cómo hago para seguir? ¿Qué hago si de repente ya no trabajo más? ¿Mi mujer va a poder mantenernos a todos? ¿Y los chicos? ¿Qué hacemos con los chicos? ¿Y el departamento? ¿Y la camioneta? Tengo miedo, tengo mucho miedo, Sisca, y no sé cómo es pero hay una relación entre el miedo y la rabia. Bah, sé cómo es, es como en el reino animal. Un gato tiene miedo y te araña. Un perro tiene miedo y te muerde. O se deja llenar de sarna y un día cruza mal la calle y lo levanta por el aire un colectivo. Mañana a la mañana me busco un confesor, tengo que por lo menos estar en paz con mi alma. Tengo que jugar las cartas a eso que llamo Di-s. No puede ser que la esté pasando tan mal y que lo único que sepa meterme en la boca sean pastillitas, psicotrópicos. “Acá no pasa nada”, podría llamarse también esta historia. O “Este tipo escribe cada vez peor”.)

La empleada regresó a la barra, desde ahí espera que con Sisca nos repartamos el gasto del almuerzo.

—¿Vos te diste cuenta cómo te mira? —le digo a Sisca.

—¿Quién?

—La mesera.

—Ah, sí —Sisca sonríe.

Los ojos de la empleada siguen firmes hasta que se apartan por un pedido de la anciana del turbante violeta y los crucigramas. No bien se deshace del pedido de esa mujer regresa sus ojos a Sisca.

—Es linda —le digo.

—Sí —me dice Sisca.

—¿La conocés?

—De venir acá.

—Yo estoy fuera de competencia…

—Sí, jajá. ¡Ey! —la llama Sisca, y a mí—: Pago yo.

La empleada se acerca, recibe el dinero de Sisca mientras yo le digo a Sisca no, esperá, haciendo de cuenta que busco en mis bolsillos un par de billetes. La empleada ni se fija en mi gesto, va en busca de cambio.

—Le gustás, creo —le digo a Sisca.

—Sí, soy Marlon Brando —me dice Sisca.

En la calle otra vez habla por teléfono. Yo lo acompaño callado, mirando que no nos levante por el aire un auto en las bocacalles.

—Quiero hablar con vos, nena. En serio quiero.

Su voz es tranquila. No hay exageraciones ni sentimentalismos, como debe ser en Sisca, como debe ser en un súper hombre. De estar en su lugar yo ya estaría llorando o pegándole gritos, ¡ay por favor, ay por favor no te vayas!, no creo que ser así sea algo defectuoso, acaso sería una de mis reacciones más veraces, menos reprimidas.

—OK, dale. Un beso, chau —dice. Y cuando cuelga no putea bajo ni se lamenta ni larga media queja contra los contratiempos—. Bueno —tan sólo me dice—, pensate algo. Me gustaría mucho que escribas en Premium —me dice.

—Dale, me pienso —le respondo intentando copiar su tono despreocupado.

—Listo, loco.

—Listo —le digo con esas mismas intenciones, pero entonces la naturaleza se encarga de poner un poco las cosas en su lugar y de un plátano una paloma me caga el hombro—. Carajo, palomas de mierda.

Sisca se ríe, me dice boludo y se ríe. Jajajá. Jajajá. Soy el marcianito que entretiene al súper héroe. No está bien que me sienta así. No es correcto. Pero ya no sé cómo actuar en estas circunstancias. Quiero pegar un grito, quiero pegar un grito y largarme a llorar. Agarrarlo a Sisca del cogote. Agarrarte y preguntarte de qué carajo te reís, que qué tan gracioso te resulto. Pienso, se me da por pensar, es terrible, se me da por pensar que de tipos como yo salen tipos malvados. Que con un poco de carácter, el carácter que no tengo, salen tipos realmente malvados. Sisca es Supermán, sí. Y yo con un poco de más carácter y con más inteligencia podría ser Lex Luthor. Pero no me da, ni para eso me da. Está mal me dice la voz angelical que me habla en la cabeza todo el tiempo. Está mal y vos estás muy mal, jodido estás.

Busco a la paloma en la copa del plátano. Ahí está la muy hija de puta. Busco ahora en la vereda una piedra, una lata, algo con qué tirarle a la paloma.

—¿Qué hacés, boludo? —me pregunta Sisca.

Vuelvo mi mirada al horizonte.

—Nada, nada —le digo.

Un ciego quiere cruzar una de las bocacalles, Sisca se ofrece a ayudarlo, también yo. El ciego agradece, le agradece a Sisca, levanta el bastón, se deja guiar. Ahí está un tipo que podría con toda razón carajear lo que yo injustamente carajeo. Ahí está también parte de este círculo vicioso que en una de sus aerosillas giratorias tiene a la Señora Culpa sentada. Están la Señora Culpa, el Señor Remordimiento, el Gordo Resentido, el Señor Frustrado y el Capitán Rabioso. Ahí están todos. Y el ciego sigue su camino más despacio que nosotros, por las veredas del barrio, sin saber que va pisando mierda de perro, sin darse cuenta de que lo hace, con la cara un poco elevada, como necesitada de luz. También lo habrán de cagar las palomas, pero el tipo ni enterado.

Las puertas de la redacción de Premium tienen esos vidrios que no permiten ver qué hay dentro. Por ahí se mete Sisca, por ahí desaparece tras estrecharme la mano. Yo me quedo fumando un cigarrillo frente a esos vidrios, a la espera de algo extraordinario para salar las cosas, una idea increíblemente genial para una nota que cuaje con las expectativas de Sisca y de Premium, o Sisca saliendo de la redacción con una pistola, para pegarse un tiro. “¡No aguanto más! ¡Necesito ser libre! ¡Los galanes también tenemos miedo!”, diciendo Sisca. Pero nada de eso sucede. Nada. Sólo me queda este mediodía, el sol que me da en la cara. Sólo me queda este mediodía y mi reflejo en el vidrio y mi cara nerdosa por los efectos del sol. Sólo hay eso ahora y horas después y a falta de buenas ideas el repaso escrito, trillado, circular, de mi autocompasión. Eso que ahora es noche y falta de ideas. Esto que es canción y de las malas y que dice “Que tiene buen color. Que habrá estado navegando en uno de esos barquitos de sus amigos.” Etcétera, etcétera.

—¿Y cómo te fue con tu amigo? —me preguntó hace un rato Silvita.

—Bien, bien, tengo que pensar. Pensar una nota —le respondí.

Que Di-s sepa perdonarme.

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Un hombre bueno

Ballarino era uno de esos chicos que se visten de monaguillo mientras otros se calzan sus camperas de cuero. Yo pertenecía al bando de Ballarino pero me desligué un par de años antes.

Dos meses atrás un conocido común celebró los treinta y seis. Ballarino no fue, dejó dicho que lo disculpáramos. Estaba Claudia, la primera novia de Ballarino. Claudia está casada, tiene tres chicos y un marido cirujano y de los buenos. Hace dos meses de eso y un par de semanas de la muerte de Ballarino. Por eso escribo sobre Ballarino. ¿Quién escribe de los hombres buenos que están vivos?

En el cumpleaños del conocido común, el conocido común me dijo:

—Llamó Ballarino, dijo que no está bien, que anda tomando unos remedios que lo tienen mal.

No fumaba Ballarino pero estaba con una metástasis.

—Tengo una metástasis —me dijo Ballarino cuando lo llamé—, empezó con un dolor de espalda, pero ya está.

Creo que se largó a llorar; no se lo pregunté. Nada me salió decirle.

Ballarino era padre de dos chicos y estaba casado con Norma, Norma ahora se fue a vivir a Chivilcoy con los chicos porque en Chivilcoy tiene a sus padres, a un par de hermanos. Nomás corté con Ballarino llamé a Claudia y le dije, y ella se puso a llorar y a preguntarme que cómo cómo cómo, y nos encontramos diez minutos antes de que ella retirara del colegio a sus chicos, en un café, y nos pusimos a recordar a Ballarino como si ya se hubiese muerto y a decir de él que realmente no se lo merecía, que siempre la muerte agarra de joven a la gente buena, esas cosas.

Ella lo dejó, así terminó la historia de Ballarino y Claudia. Lo dejó por un morocho de pelo largo que se llamaba Federico y que andaba en moto. Una kawasaki.

—El problema que tenía Ballarino —me dijo Claudia— es que no sabía qué hacer con la culpa.

Claudia también me dijo que, ahora que todo esto de la metástasis estaba pasando, le venían de continuo las charlas con Ballarino.

—Pero él siempre fue bueno y siempre fue de otro mundo. Un santo moderno, si querés.

La bondad de Ballarino era muy parecida a la debilidad que sienten unos pocos elegidos por las injusticias del mundo o por la existencia o por las dos cosas. Yo creo que eso fue lo que resolvió a Claudia a sufragar por Federico el de la moto. Nunca se lo pregunté pero es casi seguro. Es muy pesada la bondad, no la resiste cualquiera. De los que conocimos a Ballarino ninguno la resistió.

***

Lo fui a visitar después de muchas idas y venidas. Una tarde. Yo había quedado con Claudia que iríamos juntos, pero a último momento ella me llamó y me dijo “no me atrevo, no sé qué voy a decirle, es una desgracia espantosa”, y yo la entendí: a mí me pasaba lo mismo, pero ella era mujer, y era Claudia.

Ballarino había vuelto a caer internado. Me enteré por Norma que ya lo había estado y que todo había sido muy rápido. Norma me lo volvió a decir en el pasillo del Centro Gallego mientras esperábamos que unas enfermeras lo higienizaran. Me lo dijo como contagiada por la bondad de Ballarino, por esa debilidad, con los ojos a punto de explotarle, dolida, muy dolida, pero guardando al mismo tiempo la calma. Mirándola llegué a pensar que tal vez fuera la bondad lo que mataba.

Todo había comenzado con un dolor de espalda y en realidad todo no había comenzado en la espalda sino en la cabeza.

—Cuando se tiene nuestra edad y te agarra eso, es lo peor —me explicó Norma y yo sabía qué te hace el cáncer cuando te agarra de joven pero la dejé seguir igual porque pensé que tal vez necesitaba contármelo.

No me sorprendió la metástasis como tal, que la enfermedad le hubiese tomado otros órganos y esas cosas. Me sorprendió la velocidad y la imprevisión de esa velocidad por más conocimiento médico que uno de oído tenga. Había comenzado todo en enero de ese año. Ballarino, su mujer, sus dos chicos, todos están en una de esas ciudades balnearias sin buena prensa, de gente poco educada y de bajos recursos. Están todos ahí pero la pasan muy bien. Él va a jugar al fútbol a la playa, siempre fue bastante malo jugando al fútbol pero siempre le gustó mucho jugarlo, y de repente le viene un dolor fuertísimo y entonces de vuelta en Buenos Aires pide turno con el médico, el médico le manda hacerse unos estudios. Y chau.

—Se lo dijo el mismo médico —me contó la mujer de Ballarino—. Él fue con los estudios en un sobre, el médico lo abrió y se lo contó, y esa fue la primera vez en todos estos años que llegó tarde a casa, a eso de las tres. Había apagado el celular, yo me asusté, llegó y se quedó sentado en la habitación de los chicos sin decirme nada, mirándolos.

Estaba hinchado Ballarino. No quiero entrar en detalles. Me reconoció con la mirada, le entraban unas sondas por la nariz y otras por la boca y no podía hablar. Hizo un gesto y Norma le acercó un papelito, un lápiz negro de los faber, de los que usábamos de chicos en las clases de dibujo. La letra de Ballarino era desastrosa y eso fue peor. Escribió y yo ya no pude estar junto a su cama. Era una habitación privada porque los padres de Ballarino así lo habían pedido, no querían que su hijo, su nuera y sus nietos tuviesen que convivir con otros enfermos. No había nada que hacer, no había ya más razón para que estuviera ahí que higienizarlo y ayudarlo a sufrir lo menos posible. Estaban esperando el desenlace, como se suele decir. Ballarino me escribió “hola!”, con ese signo de admiración al final. “hola!”

—Hola —le respondí—. Hola Baly —le dije y salí de la habitación.

***

Murió a los tres o cuatro días, con los sacramentos. Claudia tampoco tuvo fuerzas para ir al entierro.

—Para qué —me dijo.

Todos los amigos de Ballarino, que no éramos muchos y que más bien nos habíamos transformado en viejos conocidos, le pusimos en la corona la frase “Tus amigos”. Estaba el padre Raúl. Hacía años que no lo veía, me saludó, hizo el responso, después me habló de algunas cosas de su trabajo, que había ya pasado por cuatro parroquias distintas, me aseguró que Ballarino había sido un santo y yo creí ver al sol que se partía en tres o quise creer que así ocurría y me dije así tiene que ocurrir, pero nada de eso pasó y el entierro terminó como todos los entierros, con cada uno en su auto o camino al subte o el colectivo.

A Ballarino lo metieron en tierra, entre una señora y un bebito. Los dos chicos de Ballarino lloraban, se tomaban de la pollera negra de Norma. También estaban los padres de Ballarino y muchos amigos de sesenta, setenta años, que abrazaban, alternándose, a los padres de Ballarino. Estaban todos menos Claudia y daban ganas de subirse a una escalera para mandarse una puteada pidiendo explicaciones.

—Dan ganas de eso, padre.

—El Señor elige las mejores flores de su jardín —me contestó el cura.

—Es muy injusto todo igual —le dije—. Es muy injusto todo.

—La muerte.

—La muerte.

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