No sé si alguna vez lo vi en mi vida. Tal vez de lejos, pero estoy más seguro de que no. Podría decir que viví la mayoría de mi infancia y toda mi adolescencia a cuatro cuadras de donde nació. Eso ya sí me infla el pecho, no por él, sino por el barrio de Flores. Cuando iba a la facultad, recuerdo, mis compañeros no sabían dónde quedaba Flores. Algunos, incluso, suponían que fuera de la ciudad. Tenía necesidad de cachetearlos cuando escuchaba ese tipo de desconocimiento geográfico, no podía entender cómo no sabían dónde carajo quedaba el barrio de Flores. Para ellos la ciudad prácticamente terminaba en Callao y Avenida de Mayo, lo demás era un terreno desconocido. Ojo, los quiero a todos, pero el recuerdo y el hecho de que ahora el Papa provenga de Flores es una especie de vindicación al barrio, tan ignorado por tantos.
De Flores es toda mi familia materna. En Flores, a poco de llegar a la Argentina, echaron sus raíces. Mi vieja nació en Flores. Mi tío nació en Flores. Mi abuelo materno nació en Flores. Mis bisabuelos y tíos abuelos hicieron lo mismo. Flores son varios barrios dentro de un solo barrio. Bergoglio, o Francisco, como lo quieran llamar, vivió en una zona más o menos segura, en comparación con otros lugares de Flores, pero mucho más insegura en comparación con otros barrios.
Mi viejo me cuenta que lo esperaban para el 19, día de San José, en la basílica San José de Flores, para celebrar misa. Este fin de semana, según escuché, también estaba listo un té en la Misericordia de Flores, colegio al que fue mi vieja, al que fue mi madrina, al que fue mi hermana. Son meras anécdotas entre tantas otras que se escriben por estos días. Así aparece toda la parentela de Bergoglio que se puede hallar. Así también se le pregunta al vendedor de diarios de la cuadra de la Catedral qué tal era el cura. Así también se dice por derecha y por izquierda que el tipo es un sorete, que no merece ser Papa. Y aquí quiero detenerme.
Que lo corran por derecha y por izquierda ya es algo interesante. Desde la “derecha” (aunque no creo en esas posiciones ideológicas, sería mejor decir desde la ultraortodoxia clerical y nacionalista, con la que a veces simpatizo) lo tildan prácticamente de infiltrado, de masón dentro de la Iglesia de Cristo. Desde el otro lado lo acusan (y es probado que con mala leche y falsedad) de haber sido colaboracionista del régimen militar. Y paradójicamente uno de los acusadores es Horacio Verbitsky, personaje oscuro si los hay, a quien alguna vez habría que preguntarle en serio para quién jugó en los 70, o dicho mejor, si no jugó para intereses mucho más ocultos de los que conocemos. Desde ese otro lado, agrego, opera la cristofobia. Ya no es una cuestión personal con Bergoglio, sino algo mucho más común y digamos que habitual en la historia de la Iglesia, esa Iglesia santa y pecadora a la vez, como la definió San Agustín con mejores palabras.
Sí, en muchas de las operetas montadas en contra de Francisco, el Papa, el Sumo Pontífice, lo que hay no es, insisto, una cuestión personal, sino una fobia hacia todo lo que tenga que ver con el Evangelio y con Cristo. Detrás de la crítica a la institución lo que subyace es un cuestionamiento serio hacia las verdades evangélicas. Todavía a Cristo no le perdonan lo que fue y lo que es. Todavía una enorme mayoría lo tiene atragantado.
No sé si Francisco será un buen Papa. No sé si fue un buen cardenal. No sé si fue un buen cura. No puedo hablar de lo que no sé. Ojalá que así sea. Lo que sí me importa subrayar es que nació en el barrio de Flores. Y que el odio a Cristo existe y es concreto, especialmente en quienes hacen del hábito sacerdotal o monacal un signo de santidad a la vez que cometen abusos sexuales contra menores y no menores, en quienes se aprovechan de la Iglesia para encumbrarse en el poder y sacar o lavar dinero, en quienes acechan con la desesperanza en el nuevo pontificado por cuestiones de ortodoxia vinculadas con el pasado (o bien en falsas posturas intelectualosas, más bien forzadas, más bien llenas de complejos), y especialmente en esos seres nada luminosos, odiadores de profesión, que no disienten, sino que tienen la puta costumbre de sembrar la discordia y la sospecha, y que detrás han dejado muertos y compañeros traicionados, por acción u omisión. Vaya esta última acusación a toda la caterva de militantes políticos, periodistas militantes y militantes al pedo que en cada acto físico o de sus lenguas desprecian al Cristo que existe en cada ciudadano desprotegido, o si quieren a la dignidad humana como tal. Ahora todos estarán por primera vez un poco agarrados de los huevos. El mundo los está mirando. Está preguntándose qué mierda es la Argentina. Cuando sea pública y notoria la injusticia y la corrupción del país, no solo hoy, sino desde hace décadas, espero que hagan como Judas, nomás para que tras tanta traición tengan un poco de dignidad.
1. Hoy vi “The Killing of a Danish Swan” (Juan Hein, 2011). En el link solo se puede observar un trailer; tal vez sea posible mirar el corto en el Bafici este año. Pero eso no termina de ser lo nuclear. En “The Killing of a Danish Swan” hay un par de elementos que me parecen signos de la época: a) La imposibilidad de realizar un relato sin mostrar su artificio, su decadencia; b) La imposibilidad de definir qué es la existencia y qué no, pues la existencia, desde que la modernidad declaró la muerte de Dios, está también en su trance decadente.
2. Luego me crucé con la mujer que cree en los ovnis y que los ha visto y que incluso ha tenido contactos con alienígenas. La situación no daba para ponernos a conversar, había más gente, y además yo no creo en esas cosas pero sí en la sensibilidad de esa mujer, sexagenaria, para brindar mayores precisiones. Se la notaba angustiada, y su angustia (aparte de las propias), como mi angustia (al margen de las mías), guardaba relación con estos tiempos difíciles, raros de interpretar y en algunos casos horrorosos como la escena de un hombre pateando a un pobre ganso aterrado.
—¿Qué hay de esa frase suya: “El pintor que más me influyó fue Perón”?
—Eso fue una boutade. Yo venía de una familia muy antiperonista y lo que quería decir es que el sentimiento de ruptura, de que el mundo no era algo armónico, me lo dio Perón. Yo iba a las manifestaciones peronistas, pero no como peronista, sino para observar un espectáculo, me fascinaba como espectáculo estético, o si querés “antiestético”.
—Refiere “la antiestética”, e incluso escribió sobre eso. ¿Qué significa ese concepto hoy para usted?
—Es muy simple. La antiestética es la estética creativa, en contra de la estética establecida. No es que me guste lo feo.
—¿La antiestética se maneja dentro de cierto canon?
—No, aunque en todo hay una tendencia a establecer normas. Hasta a André Lothe se le ocurrió hacer una academia de cubismo, lo cual me parece una tontería. Lo mismo la gente que trata de imitar, de hacer una academia de Duchamp. ¡Me parece un gran disparate!
—¿Esa postura antiestética es la que lo impulsa a realizar un arte con una impronta entre comillas “argentina”?
—A mí no me gusta eso, no hago arte argentino, más bien hablo de una creación propia sintiéndome parte del contexto, de un tiempo y un lugar. Me revienta cuando se separan el tiempo y el lugar. Están los partidarios del tiempo, que son las vanguardias, y están los del lugar, que dicen “hay que hacer un arte argentino”. Y no, vivimos en un tiempo y en un lugar y hay que tomar conciencia del contexto en lo temporal y en lo espacial.

(Parte de un texto sobre Luis Felipe Noé que saldrá publicado en unos días, supongo. La foto es de Andrés Pérez Moreno).