“Os he convocado a este Consistorio, no sólo para las tres causas de canonización, sino también para comunicaros una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia. Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino”. Por si alguno se perdió el inicio de esta historia, aquí continúa.
Dejé el arroz reposando. Un arroz integral vencido en febrero. ¡Pero es que estas épocas ni ninguna son para tirar alimentos, aunque estén vencidos! Si los pibes callejeros comen de la basura, ¿cómo yo voy a tirar un alimento que venció quince o veinte días atrás?
Compré elementos innecesarios, estamos en crisis, la economía argentina suele ser una crisis perpetua; no obstante ello, también es necesario de vez en vez brindarse un pequeño carnaval, un pequeño y humilde carnaval.
Compré un vino, tres quesos distintos, salchichas y hamburguesas. Salvo el vino, todo puro colesterol, puro taponamiento arterial.
Pagué más de $165, moneda argentina. El dólar oficial está a $5. El paralelo no lo sé, creo que por los $7. No tengo dólares. Bah, sí, tengo un dólar con su simbología ocultista de nuevo orden secular y toda esa magia negra. Dicen paradójicamente que tener un dólar encima trae buena suerte. No lo llevo por eso. (Antes prefiero una estampa de San Cayetano). Lo llevo porque no me da tirar un dólar, así sea el último que tenga.
En la fila para pagar había un matrimonio cincuentón. El hombre había comprado dos vinos. Al pretender apoyarlos sobre la bandeja de la caja se le fue al piso una botella. Vi su amargura, su desgracia, su pedido de perdón y su fragilidad cuando sucedió. Pensé que se decía “me voy a morir, me voy a suicidar”.
Detrás del puesto de los cajeros hay unos estantes. El minimercado es chico y no hay suficiente lugar en las góndolas. En los estantes predominan los condones con sus coloridos envoltorios. Yo pedí con mi estilo monacal un queso rallado (para el arroz). El hombre seguía lamentándose en silencio por el vino derramado mientras su mujer le recriminaba las manchas que le había generado en su pantalón. “¡Esto no sale, no sale!”.
Una anciana, desde más atrás, dijo que sí salía el vino de la ropa. La mujer no la escuchó.
Yo venía pensando en lo cara que me había salido mi aventura de darme un pequeño carnaval, de dárselo a los míos. También venía pensando en un libro de Houellebecq que leí hace un tiempo. Ampliación del campo de batalla. El minimercado, el cincuentón con su botella de vino rota, la mujer del cincuentón indignada por el pantalón manchado, los condones, toda esa conjunción me reforzó la idea de pensar en Houellebecq. Suelo pensar en ese trastornado desde hace más de un año de un modo persistente. En busca de una cita, en busca de citarlo para una entrevista a un escultor, había leído uno de los fragmentos que tengo marcados en ese libro. La cita no me fue útil para la redacción de la entrevista. Además no es políticamente correcta. Suele suceder. Uno se imagina que algo puede ser útil y luego no lo es. El fragmento de Ampliación del campo de batalla evidencia la razón del título del libro. No voy a decir más por si no lo leyeron. Deberían hacerlo. Ahora mismo.
Me reduzco a copiar esa cita, que debería estar a la entrada y la salida de todos los edificios públicos y privados del universo. Se corresponde a la traducción para Anagrama hecha por Encarna Castejón:
“Igual que el liberalismo económico desenfrenado, y por motivos análogos, el liberalismo sexual produce fenómenos de empobrecimiento absoluto. Algunos hacen el amor todos los días; otros cinco o seis veces en su vida, o nunca. Algunos hacen el amor con docenas de mujeres; otros ninguna. Es lo que se llama la ‘ley del mercado’. En un sistema económico que prohíbe el despido libre, cada cual consigue, más o menos, encontrar su hueco. En un sistema sexual que prohíbe el adulterio, cada cual se las arregla, más o menos, para encontrar su compañero de cama. En un sistema económico perfectamente liberal, algunos acumulan considerables fortunas; otros se hunden en el paro y la miseria. En un sistema sexual perfectamente liberal, algunos tienen una vida erótica variada y excitante; otros se ven reducidos a la masturbación y a la soledad. El liberalismo económico es la ampliación del campo de batalla, su extensión a todas las edades de la vida y a todas las clases de la sociedad. A nivel económico, Raphaël Tisserand está en el campo de los vencedores; a nivel sexual, en el de los vencidos. Algunos ganan en ambos tableros; otros pierden en los dos. Las empresas se pelean por algunos jóvenes diplomados; las mujeres se pelean por algunos jóvenes; los hombres se pelean por algunas jóvenes; hay mucha confusión, mucha agitación”.

Hoy se me cayó una varilla lateral de la puerta trasera de mi vieja lancha coreana. Por suerte la pude meter en la parte de atrás. Se cae literalmente a pedazos mi vieja lancha coreana. En el lugar donde estaba la varilla quedaron unos agujeritos. Pensé al bajarme del auto encajarle ahí unas luces rojas, laterales, como de camión. Pensé que no sabría cómo hacerlo. También pensé en mi trabajo y en mi otro trabajo, el trabajo solitario y oculto, de escribir bien o mal, de tener un libro con tapas duras que es más bien un fantasma español, de contar con otros hechos que son bits también fantasmales y otro más que voy reescribiendo de manera nada definitiva en sinpastillas, un librito bastante real, bastante autoficticio, aunque la realidad desaparezca dentro de un libro.

Después me encontré con Juan Hein. Tras varios años de no verlo y por motivos laborales. Él expone en el San Martín, como delata el afiche. Yo hice las veces de entrevistador. Vi a un tipo maduro. En todos los sentidos. Un fotógrafo existencialista, de vuelta de los excesos y el rock, con la resaca de sus años mozos reflejada en buena parte de lo poco que conozco que hace. En un momento me habló de su despedida de la juventud, y recién pasó los 40. Soy porfiadamente ignorante, pero tras encontrarme con Hein creí haber estado ya no ante un amigo (la amistad se desdibuja en la distancia, él vive en Dinamarca), sino ante un tipo con una búsqueda artística muy personal y creo que también solitaria.
Juan me presentó a Guadalupe. (El encuentro con Juan fue en un lugar que se está haciendo en San Telmo y que se llama La Montaña. Una residencia de artistas, digamos, por ponerle un nombre. Juan había venido con su hijo de seis meses y su mujer danesa.) Guadalupe habló del horóscopo chino a Juan. Antes me había dirigido la palabra cuando aguardaba a mi entrevistado, me abrió la ventana, me llamó la atención su cara, las facciones de su cara, una cara muy femenina, agradable y sufrida al mismo tiempo. Más tarde Juan dijo que ella también era fotógrafa, y muy buena. Ella nada dijo. Los artistas, en el mejor de los casos, tratan de juntarse para sobrevivir. Los otros que no sabemos bien qué somos permanecemos en una soledad que no deja de ser menos crítica que la conformación de estos grupos de interés compartidos.

Dormí una siestita, lo reconozco, luego regresé sobre algunas fotos de Juan, y guglié a Guadalupe, que se apellida Miles, y me pareció muy bien que Guadalupe fuera Miles. El trabajo de Guadalupe, lo poco que vi, me conmovió. Hace de los wichis (creo que son wichis), por ejemplo, lo que realmente son: seres ante todo sensuales. Pero esa es solamente una parte del asunto.