el cuaderno enfermo

borradores y otras estupideces

Paradis-iv

Svend cuenta. Christoffer es el pastor que cantará. Mette se ha llamado la muerta.

Ella quedó viuda de muy joven, no me acuerdo de papá, Svend dice. Era una mujer fuerte. Ahora se me vienen recuerdos de ella y eso me pone mal. Ella, dice también, no estaba mal de salud, o eso creíamos. Todos estábamos equivocados. El médico llegó a los quince minutos, me dijo el isleño. En su gomón. Le gusta trabajar en las islas, es un buen médico, dicen. Arigó, su apellido.

La intentó reanimar, pero ya estaba ida. Dijo Arigó que no sufrió, que salvo la descompostura y el hacerse encima, que luego no sufrió. El cuerpo, me dijo, tiene sus propios anestésicos. Yo le debo creer, pero sé que en el fondo no hay certezas ni ciencia en lo que dice. Puedo fiarme más en el isleño, que estuvo en todo momento. Él dijo que hubo una última arcada y que luego los ojos dejaron de mirarlo; seguían abiertos y ella todavía respiraba, pero los ojos se fijaban en un punto más allá de la mirada del isleño, de su cabeza. Eran como los ojos de un pez que duerme, me dijo. A él sí le creo y por él puedo pensar que ya ahí ella dejó de sufrir.

El corazón, eso Arigó me señaló, que el corazón estaba ya muy enfermo.

Ella jamás se había quejado de su corazón. Denunciaba cierto malestar en el estómago, cierta acidez. El doctor Arigó dijo que esas molestias quizá fueron sucesivos infartos. Pienso en su corazón ahora y pienso en un pedazo de carne que con los años se petrifica. Me apena mucho pensar así, pero aquí sí puedo aferrarme a las palabras de Arigó, no tengo por qué dudar, en este aspecto, de su experiencia. Fue el que estuvo allí sentado, en ese rincón, el que ya no está. Un hombre de bigotes que prefiere las islas, que por deporte atiende a los isleños. Tiene una casa por ahí. Tiene, también, dinero, como para poderse dedicar a la medicina sin pensar en sus honorarios. A esas alturas del río todos lo conocen. No entiendo por qué no previno lo que iría a ocurrir. Él dijo que ella no era de visitarlo ni de hacerse revisar y yo lo sé, fue mi madre y sé lo que hacía; él dijo que apenas ella le decía que el estómago y la acidez. Él también dijo que, ahora, atando cabos, puede asegurar que aquellas molestias eran pequeños infartos. Pero cómo saberlo antes, me dijo, si no tenía ni un electrocardiograma ni ningún otro estudio a mano. No le critiqué esta parte, pero debería haberlo hecho, ¿no? Ella era terca, está bien. Pero él era, es, médico.

Cuenta, dice Svend. De espaldas al féretro, unos cinco metros de él distante. Con ganas de hablar. Quitándome dos cabezas y tres o cuatro cuerpos de ancho. ¿Tranquilo? Así parece. Tranquilo y angustiado. Hay en sus labios algo de esa angustia, un temblor intermitente.