Paradis-v
El domingo vos viste lo que fue, dice Svend. El domingo, cuando el isleño lo llamó, cuando le dijo La señora está mal. El domingo, cuando Svend respondió Llame al doctor Arigó que yo veo cómo llegar. El domingo, a esas horas de la mañana, ya había demasiado sol y calor para ser otoño y los ríos comenzaban a llenarse de lanchas colectivo, de alquiler y de paseo.
Svend se contactó con dos o tres compañías para pedir una embarcación. No quería demorarme, dice, las tres horas que tardás en llegar a la isla. Necesitaba ir más rápido, alquilar algo más rápido. Pero ya, para cuando habló, no había qué alquilar, la gente se había volcado a los ríos y realizado sus reservas. Alguna vez Svend tuvo embarcación. Tiempos mejores. Alguna vez Svend se vio obligado a dedicarse a otros asuntos. Dejar la isla, a su madre, transformarse en eso que no había deseado ser, un hombre de tierra firme, dedicado a faenas distintas a las del agua, la madera y la tierra, había finalmente sido su destino.
Logré, cuenta, logró dar con un conocido, así lo menciona, un conocido que me debía algún favor. Tiene una de esas barcazas con la cabina nomás cubierta. Robledo. Después es todo a la intemperie. Con la barcaza de ese tal Robledo se podía llegar más rápido que en las lanchas colectivo y más despacio que en las otras, las de paseo, las de alquiler, los gomones. Podría haber insistido, dice Svend, podría haber llamado a más empresas para probar suerte. Pero cómo hacerlo, cómo seguir intentando alternativas si en la isla mi madre estaba por morirse o, por lo menos, necesitada de mi auxilio.
Robledo lo llevó desde San Fernando. Cuando a las dos horas y pico Svend bajó al muelle de la isla, el isleño, en cuero, sudado, lo atajó pateando, de vez en vez, a los pavos todavía rabiosos. Detrás, el doctor Arigó aguardaba con las manos en los bolsillos y un chicle de nicotina en la boca, al pie de la escalera y de la casa, los bigotes caídos. Pasaban por el arroyo canoas, lanchas, motos de agua. Especialmente por el río pasaban, y el verano, ese día, había vuelto. Svend podía imaginar los preparativos en otras casas y en otras islas. Cajones de cerveza, cajas de vino. Carne de cerdo. Papas. Música. Chicas en bikini. E isleños como el isleño de su madre, pero borrachos hacia las cuatro o las cinco de la tarde, embrutecidos por esas formas femeninas tan superiores a las que Leiva podía ofrecerles y que venían de la ciudad para apenas pasar ese día, y tal vez, con suerte, el lunes.