Paradis-vi
El señor Johansson, antes de ahogarse, dejó a Mette y a su hijo Svend el aserradero y una sociedad para el dragado de algunos hilos de agua. Más tarde intervino el general Krupp. Eran épocas posteriores a la Revolución Argentina y Krupp era un hombre alineado con el régimen. Sus ocupaciones lo hicieron desdeñar las actividades de la familia. Sus ocupaciones, también, lo inclinaron a sacar a Mette y a Svend de la isla. Fueron cuatro años de idas y venidas, dice Svend, de la ciudad a la isla, y apareció el isleño, suerte de hijo adoptivo de Mette, suerte de capataz del aserradero y protector de la isla, y la sociedad, mientras tanto, quebró.
Con la muerte del general Krupp todo pareció volver al orden original.
Pero Svend, aquí ya no hay lugar para un hombre, Mette dijo.
Afirmación que Svend comprendió sin rencores. Podía continuar con la administración de los negocios de su madre, pero el tiempo sobraba y era necesario ocupar el tiempo. Le sugirió a Leiva el asunto de las putas y la lancha. Durante unos meses fueron socios. Mette, cuando supo la otra actividad de su hijo, lo reprendió.
Yo era un chico, aún, dice Svend. Y me hacía falta mujer. Con Leiva supe tener mujer, mujeres, pero eso era pecado.
Comerciar con los pecados de la carne es pecado, dijo mi madre, y dijo muchas otras cosas más, todas grandes verdades que, ahora, me desgarran.
Había que disputar el gobierno del cuerpo. Había que intentar que el golpe de Estado fuera perpetrado por la moral, por el espíritu. Svend algo de eso consiguió, aunque no del todo, dice. Desde entonces comencé a engordar.