el cuaderno enfermo

borradores y otras estupideces

Paradis-vii

Hace relativamente poco me dio una señal, un indicio, de que iría a morirse. En estos momentos me doy cuenta. El pastor dice que ha visto a mucha gente morir y que mucha de esa mucha gente suele saber tiempo antes que se irá a morir y que da mensajes bastante explícitos acerca de ello.

No quiere esa gente, dice el pastor, decir directamente que está convencida de la hora y el lugar de su fin, pero se las arregla para darlo a entender.

Y ella, decía, hace relativamente poco me dio una señal. La acompañé al oculista, ya no podía leer. Cataratas, eso tenía. El oculista le dijo que sería bueno operarla primero de un ojo, luego del otro. Ella lo escuchó, nada dijo, pero cuando salimos fue terminante.

¿Para qué me voy a operar si con estos ojos todavía puedo distinguir una cara de la otra? ¿Para qué gastar, hijo, entonces, en una operación, o en dos, si, además, no sabemos quién va a llegar primero, si la ceguera o mi muerte?

Yo pensé que eran cosas de mi madre. Ahora pienso otra cosa.

Esa vez, antes de subirse a la lancha colectivo, Mette también le dijo a Svend (también me dijo) que, desde que él era chico, ella solía imaginarlo primero de joven, luego de adulto, finalmente de anciano.

No voy a poder verte de viejo, me dijo, Svend dice, cuenta que su madre así le habló. Que: No voy a poder verte de viejo, pero sé que no vas a perder el pelo.

La confianza en el Señ-r, suele decir el pastor, hace que seamos un poco fríos con estas cosas. Es que, pensándolo bien, no hay qué temer ni qué lamentar.

Dice, me dice, se quita los anteojos y se pasa el pañuelo. La mano lampiña, obesa y blanca.