Paradis-viii
Igual ésta es, también, la peor pesadilla para un hijo, ¿no?, me dice. Uno no espera que se le muera la madre, aun sabiendo que en algún momento se le irá a morir. Con mi padre fue distinto porque yo todavía no tenía uso de razón. No recuerdo haberlo extrañado porque prácticamente a él no lo recuerdo. En cambio a ella sí la recuerdo, todo el tiempo. Y ya la estoy extrañando. Mucho. Pienso en ella, no puedo dejar de pensar en ella. Cuando Robledo me llevaba hacia la isla bajo ese sol del domingo, llenos los ríos de piraguas, botes, lanchas colectivo, almacenes y milicos de la prefectura, todo me hacía pensar en ella. El isleño se había comunicado conmigo otra vez y me había dicho primero que todo se había complicado; enseguida, que ya había fallecido. Y ahí estaba yo, sobre la barcaza de Robledo, realizando ese viaje que con ella había realizado miles de veces y de manera sostenida, a excepción del período donde el general Krupp rigió nuestras vidas. Ahí estaba yo ya sabiendo que el doctor Arigó se había hecho cargo de su parte: buscar la resurrección, determinar luego las causas de la muerte; ahí estaba yo y del otro lado otra vez el médico, que le había hecho decir al isleño que no me olvidara del documento de mi madre. Pero yo lo había olvidado, lo había dejado en casa.
Decile al doctor que no lo llevo, decile que vea la manera de hacer el acta para que me la pueda traer. Como sea.
Y así como te digo lo que el pastor dice, así como yo puedo creer en la fe del pastor, también te digo que uno no es lo frío que parece. Está bien, ahí en el cajón no está mi madre, ya, sino su cuerpo. Pero fue a través de ese cuerpo que yo conocí el espíritu de mi madre, fue a través de ese cuerpo que el espíritu de mi madre me habló. Cuando se te muere alguien no es sólo que se va físicamente, como quien dice. Cuando se te muere alguien lo que perdés es el contacto con su espíritu y con las cosas que lo rodearon. Mientras iba en busca del cuerpo de mi madre, entre las islas llenas de verde y chicas en bikini, sobre los ríos atestados de embarcaciones y gente feliz, fuera dentro de un yate o de un botecito, mientras miraba cómo los arroyos se llenaban de la estela que dejaba la barcaza y mientras escuchaba el ruido del motor, los carajos de Robledo porque ya empezaban los problemas eléctricos y el chillido de las cotorras, mientras todo eso me pasaba por delante y por detrás y hacia uno y otro costado, ese todo, justamente, dejaba de ser el paisaje conocido para ser otro, o dicho de una manera más precisa, me hacía sentir repentinamente extranjero en una zona que tanto me conocía. Y era eso, pienso, era eso lo primero que te dejaba la pérdida de tu madre, el ya no ser de nadie, el sentirte realmente solo por primera vez.