el cuaderno enfermo

borradores y otras estupideces

Paradis-ix

Yo no se la puedo entregar si no me trae los documentos, Arigó escupió el chicle de nicotina, se despegó el bigote de los labios, habló. Pero si la autoridad se lo deja llevar con un permiso provisorio, eso puede ser, tendría que ir y tantearlos a los milicos, ver qué le dicen.

No traigo demasiado dinero, Svend respondió.

No es por dinero la cosa, si es por dinero se lo doy yo.

Gracias.

El asunto es de ellos. Usted les dice que avisen en el puerto, ¿adónde van? ¿San Fernando o Tigre?

Svend miró a Robledo. Robledo dijo da lo mismo.

Bueno, siguió Arigó. Les dicen que pidan una morguera para que los espere en el puerto, en el que elijan, y ahí siguen con los trámites, eso podría funcionar.

El isleño había entrado a la casa, aguardaba en la oscuridad de la pieza a que entraran los otros. Sentado en una silla de mimbre, no miraba a la muerta, sino las alpargatas con barro en las puntas y los tobillos. Svend dice, cuenta, que lo vio llorar al isleño, antes o después de subir la escalera y encontrarse con el cuerpo de su madre. Haya sucedido o no, lo cierto es que todos lo veremos llorar al isleño cuando el pastor Christoffer cante el credo apostólico junto al féretro, esa oración, apenas una variante de la romana, esa fe del pastor donde no hay santa iglesia católica, sino santa iglesia cristiana.

Yo no lloré, Svend dice también. Que no lloró cuando entró a la pieza y vio a su madre tendida en la cama, con el camisón gris y la boca y los ojos todavía abiertos. Más bien me asusté, dice. Más bien tuve miedo de morirme yo también.

Le besó la frente. Arigó esperó pasos atrás, junto al isleño. Robledo quedó fuera, a la espera, espantando a esos pavos guardianes de la isla. Svend le volvió a besar la frente a su madre, intentó sin éxito cerrarle los ojos, le pidió al doctor Arigó la lanchita para entrevistarse con los prefectos.

Hay poco combustible, respondió Arigó. Sacaron el surtidor que quedaba en el codo. Vaya despacio.

Todo eso le dijo metiéndose en la boca otro chicle de nicotina. Sudado como todos los otros por ese sol que ya hacía sonar chicharras y otras alimañas desde hacía dos o tres horas.

El pastor, más tarde, estrechará la mano del doctor Arigó. Pero eso yo no lo veré. Arigó se irá antes de mi arribo a la casa velatoria.